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domingo, 2 de junio de 2013

La exigencia es la madre de la ciencia

En el grupo de español 2 una alumna (o alumno? ya no recuerdo) me preguntó si era un profesor "estricto". La verdad, no supe bien qué responder pues las palabras tienen significados escurridizos y cada quien las utiliza según le fue en la feria. Sospeché que se refería al asunto calificatorio, el más aburrido de todo lo relacionado con el aprendizaje, y respondí, titubeando, que no, que no me consideraba un profe estricto.

Para llegar a esa conclusión pensé en términos estadísticos. Un día le pregunté a la secretaria del Departamento  si mis calificaciones eran, por lo general, mejores o peores que las del resto de profes de español. Me dijo que, umm, esto... bueno, creía que eran más o menos similares. Eso sí, sospecho, hay menos "varianza" que en otros casos, es decir, no hay tantos alumnos que obtengan calificaciones brillantes ni tantos, tampoco, que reprueben. La mayor parte de las calificaciones habita la zona templada entre el ochentaytantos y el noventaypocos.

En cambio, sí tengo la certidumbre de que soy un profesor exigente. Aguas con la etimología, pues ser "estricto" está relacionado con ser inflexible, con imponer una forma de hacer y valorar las cosas según cierta medida. En cambio, ser "exigente" implica intentar sacar lo mejor de algo, el mejor jugo. Y ahí sí soy clavado, por momentos puedo llegar a resultar abrumador, pesado, pues no hay actividad en la que no intente superarme y hacer que otros se superen. Es uno de los sentidos de mi vida, una de mis grandes apuestas como ser humano. 

La exigencia, además, es la madre de la ciencia. Y del placer, pues lo cómodo, lo sencillo, lo rutinario es lo que realmente nos desmotiva. La güeva, todos lo sabemos, es la hermana gemela del tedio. Y si uno repasa los momentos en su vida que realmente disfrutó con intensidad, sus instantes de conquista, sus logros, es probable que sean el fruto de haber trascendido ciertos límites, o sea, de habernos exigido algo.

Ahora bien, la exigencia es todo un arte. Si uno se queda corto, la actividad resulta trivial, insípida. Si uno se pasa, el estrés se apodera de todo y cunde el desánimo. En este video, Daniel Goleman explica muy bien la curva de la óptima exigencia como mejor estrategia para alcanzar un estado máximo de aprendizaje e inspiración.